El “Bonva” jugador: ni tronco ni superdotado

Para graficarlo mejor, sirve decir que podría desempeñar con similar capacidad y eficiencia el papel que hoy cumple en la Roja Marcelo Díaz, pero que estaría unos peldaños más abajo de la exuberancia física y técnica que exhibe Arturo Vidal. No formaría parte de esa exclusiva elite de jugadores nuestros que han seducido al mundo, pero perfectamente pudo desempeñarse a entera satisfacción en cualquier club europeo.
Fui quien le hizo su primera nota periodística. Recién apuntaba en la U como un juvenil de proyecciones cuando, en la ya desaparecida revista Estadio, me encargaron entrevistarlo para una sección de una página que se denominaba “Futuro”, y donde tenían cabida los deportistas de cualquier disciplina que mostraran condiciones.
Fue, si no me equivoco, a fines de 1974 y me esperó en el lobby del hotel céntrico donde su cuadro estaba concentrado. Lo primero que me llamó la atención de él fue su desbordante personalidad. No era el chico de 18 años tímido, cohibido, y al que cuesta sacarle las palabras. Al contrario: comenzaba a disfrutar su aún incipiente fama y parecía de entrada querer llevarse el mundo por delante.
Recuerdo que terminé la breve entrevista pidiéndole que se calificara en diferentes aspectos del juego, como técnica, habilidad, velocidad, marca, cabezazo y otros, y en ninguno titubeó para ponerse un siete. Una semana después, en idéntica instancia, Juan Páez, hermano del “Loco” Guillermo Páez, también joven defensa central que ya se ganaba con creces el puesto de titular en Palestino, se negó con una carcajada a idéntico ejercicio, señalándome que “no quiero entrar en el juego del cabro de la semana anterior. Creo que es mejor que sean el hincha o el periodismo quienes me pongan nota”.
Una postura radicalmente diferente, pero igualmente válida y respetable.
Bonvallet me cayó bien de entrada. Y convivimos mucho más como periodista y jugador cuando, estando Universidad Católica en la Segunda División de aquella época (hoy la Primera B), pasó a jugar en 1975 por el archirrival, deseoso de retornar cuanto antes a Primera. Como redactor de Estadio seguí paso a paso esa campaña cruzada y era personaje habitual de Santa Rosa de Las Condes, años en que San Carlos de Apoquindo ni siquiera estaba en proyecto ni a los “cruzados caballeros” se les ocurría aún la frescura de vender en cifras millonarias en dólares un terreno que les había donado el Estado para un uso exclusivamente deportivo.
Bajo la conducción técnica de Jorge Luco, Bonvallet fue jugador clave en ese retorno a Primera. Como volante de contención era la principal rueda de auxilio de una zaga conformada por el “Chago” Oñate, el “Guagua” Hernández, el “Flaco” Sanhueza y Juanito Ubilla. Uno de los pocos, además, que cuando se habló del retorno de Fouilloux desde Francia, en pleno campeonato, no se manifestó en contra de la idea de la dirigencia.
La mayoría, abiertamente o acudiendo al “off de record”, estimaba que una Católica puntera y ya armada no necesitaba del aporte del “Tito” para conseguir el objetivo trazado a comienzos de año.
“¿Qué mal nos puede hacer que al plantel se sume Fouilloux? El “Tito” es una figura del fútbol chileno, un símbolo de Universidad Católica, y como tal me merece el mayor de los respetos”, me señaló Eduardo Bonvallet cuando le consulté por el tema en ese momento candente.
Varios años después, ya en el rol de comunicador y protagonizando el papel del tipo rupturista que mezclaba el juicio certero con la descalificación muchas veces gratuita, el análisis serio con la ironía filosa, el chiste de buena marca con el ataque destemplado, de labios del propio Bonvallet escuché que se burlaba sin asco de ese propio Fouilloux con el que, al cabo, había terminado siendo amigo.
Contaba el “Bonva” que Fouilloux lo llevaba y lo traía en su auto desde los entrenamientos. Que ponía música en francés y que hasta lo ocupó como su ayudante en las clases que el “Tito” impartía sobre su especialidad en un empingorotado colegio del barrio alto. Pero que nunca le pagó un peso.
Con voz suplicante, a través de las ondas radiales Bonvallet le decía a Fouilloux: “Págame, poh, Tito… Págame…”, para agregar luego: “Son años ya, poh, Tito… A lo mejor te hai demorado porque todavía no hacís la conversión de escudos a pesos…”.
Pero, ¿cómo fue Eduardo Bonvallet futbolísticamente hablando? No un “gran” jugador, pero si un “muy buen jugador”. Para graficarlo mejor, hoy sería un tan buen aporte como lo es Marcelo Díaz en la Roja, pero no podría competir con el fútbol desbordante y de “primer mundo” que puede exhibir un Arturo Vidal, por ejemplo.
En otras palabras, podría desenvolverse con éxito en cualquier club europeo, con o sin aspiraciones, con mayor o menor jerarquía, pero sin llegar a las alturas de esos pocos jugadores nuestros que han podido seducir al mundo.
Tenía despliegue, tenía marca. Carecía de una técnica superlativa, pero le sobraba para resolver en forma aceptable en situación de conflicto, es decir, cuando el rival no da el tiempo para acomodarse que tanto se suele ver en nuestras canchas. Desde luego estaba muy lejos de ser un habilidoso con el balón en los pies (claro, no era Clodoaldo ni Toninho Cerezo), pero le alcanzaba para desairar rivales cuando no tenía al lado compañeros que se le mostraran para la descarga. No era tampoco un “sprinter”, pero poseía un sentido natural de la ubicación que lo hacía aparecer en el momento justo y en el lugar adecuado para cortar el juego que pretendía armar el adversario.
Respecto de Bonvallet, imposible me resulta olvidar ese 2-2 de la Roja frente a Argentina, en Mendoza. Desoyendo las perentorias instrucciones de Luis Santibáñez, el “Bonva” le dio siempre demasiado tiempo y espacio a Maradona, que era su hombre. Resultado: la albiceleste, sin exigirse demasiado, ya nos vacunaba con un lapidario 2-0 en una primera etapa de constantes zozobras. Los goles del “Papudo” Vargas primero, de tiro libre, y la ya histórica semichilena de Castec, luego, no sólo nos salvaron del bochorno que se venía, sino que le dieron al cuadro de “Locutín” un respiro y un inmenso aliciente rumbo al Mundial de España.
No era poco: se le había empatado en su casa al campeón del mundo.
En el vestuario del “Malvinas Argentinas”, le pregunté a Bonvallet qué le había pasado con Maradona en esa primera etapa, en que el “Pibe” había hecho lo que había querido, en abierto contraste con la segunda, en que el “Bonva” no le había perdido pisada. Su respuesta sincera fue: “Compadre, no creí nunca que ese huevón fuera tan bueno como todos decían…”.
No daba Bonvallet, en suma, para que todas sus virtudes dieran para el “7” con el que él se había calificado siendo apenas un juvenil con expectativas, pero en la mayoría de ellas habría quedado eximido si se hubiera tratado, como en el colegio, de dar exámenes.
Sus falencias –reconocidas por él mismo, por lo demás- eran las propias de un fútbol como el chileno, que es más de lo que a veces creemos, pero mucho menos de lo que realmente quisiéramos. Falencias endémicas que, por muy alto que estemos a nivel mundial, como ahora, en que para la FIFA somos la sexta mejor selección del mundo, deberemos soslayar para aspirar a ubicaciones superiores.
Bonvallet carecía de cabezazo, tanto ofensivo como ofensivo, y tampoco poseía esa técnica que le permitiera encajar un zapatazo de distancia llegando frontal al arco, como él muchas veces quedaba. Como volante de quite, además, era el típico jugador chileno que no entra al área ni aunque vea tirado un billete de 20 lucas.
Sólo que, ¿cuántos de nuestros volantes defensivos rompen con ese arquetipo? Mal endémico de nuestro fútbol, que con una supina ignorancia considera tronco a la generalidad del futbolista europeo, en circunstancias que allá cualquiera puede darle a la pelota desde cualquier posición y distancia y hasta el más negado técnicamente sabe resolver de buena forma en el juego aéreo.
En su carrera, Bonvallet anotó mucho menos goles que su posición en la cancha le permitía. El, ya retirado, con la serenidad y criterio que da la perspectiva del tiempo, lo sabía.
En su habitual estilo una vez lo reconoció al aire, elogiando a Marcelo Salas.
Dijo aquella vez el “Bonva”:
“¡Cómo lo hace para estar siempre en el momento justo y en el lugar adecuado para embocarla…! Si hasta parece que la pelota lo buscara. ¡Mamita querida, si a mí nunca me quedaba la pelota cómoda para anotar aunque fueran unos pocos golcitos!”.